Lo de siempre. Los papeles de los refuerzos son
contundentes, la expectativa es de una magnitud tal, que hasta se induce un
andar victorioso de un equipo en donde recaen la fe y la esperanza de todos los
hinchas. ¿Será un destino imposible de esquivar?. Deseamos tanto la gloria
inmediata que nos terminamos transformando en seres antinómicos, fundamentalistas
de lo extremo. Así es como ponemos en duda las capacidades futbolísticas de
nuestros jugadores de turno una y otra vez.
Cuando se analiza la performance de un jugador, es
acertado pensar en un contexto. Porque el contexto le da relevancia al hecho,
sino no deja de ser una estadística unidimensional, un dato. Y el contexto sin
datos específicos no tiene razón de ser, es inútil. El gol de Messi al Getafe,
gemelo del de Diego a los ingleses en el mundial ’86 (catalogado por la FIFA
como el mejor gol de la historia de los mundiales), nunca va a tener la
relevancia que le adjudicamos nosotros al pionero. Porque existe un contexto
socio-cultural post Malvinas, una profunda crisis económica y un marco
semifinalista de un mundial, que lo enaltecen a uno por sobre el otro.
Camoranesi fue
campeón del mundo, es un hecho. A los 30 años, no a los 36. En estos momentos
está para otra cosa. Que también lo hace bien. Nosotros esperamos más de un campeón
del mundo. Pero la realidad más panorámica nos cuenta que en su último año y
medio antes de venir a Racing contabilizó tan solo 42 partidos sobre un total
posible de 68 entre copas internacionales y torneos locales (un 61,7% de los
partidos). Y en su desempeño en Racing los
números no son malos. Jugó 8 partidos de 10 posibles entre Copa
Sudamericana, final de la Copa Argentina y partidos del actual torneo local.
¿Puede dar más? Seguro, sus pergaminos así lo indican. Pero hay que entender
que en un equipo que no tiene más de ¡3 meses! de trabajo, siendo titular en la
mayoría de los partidos, Racing sacó 11 de 21 puntos, 3 más que el torneo
anterior en la misma instancia.
Sand llegó como la esperanza de gol a un Racing que durante el pasado torneo tuvo un promedio de 1 gol por partido (el tercero más bajo del torneo) y finalizó en la posición 17. Su promedio de gol en este torneo no es el mejor, pero tampoco es paupérrimo: 2 goles en 7 partidos (0,29 gol por partido), casi un gol cada tres encuentros. No se le puede exigir algo que nunca produzco en su carrera, es un oportunista del gol, no un dadivoso del fútbol, o un esclarecido gambeteador. ¿Este es su techo? Claro que no. Su desempeño es correlativo al de sus compañeros, y siendo un equipo en formación, sus estadísticas serán mayores a medida que la performance colectiva que ejerzan sus colegas sea de mayor calidad.
Sand llegó como la esperanza de gol a un Racing que durante el pasado torneo tuvo un promedio de 1 gol por partido (el tercero más bajo del torneo) y finalizó en la posición 17. Su promedio de gol en este torneo no es el mejor, pero tampoco es paupérrimo: 2 goles en 7 partidos (0,29 gol por partido), casi un gol cada tres encuentros. No se le puede exigir algo que nunca produzco en su carrera, es un oportunista del gol, no un dadivoso del fútbol, o un esclarecido gambeteador. ¿Este es su techo? Claro que no. Su desempeño es correlativo al de sus compañeros, y siendo un equipo en formación, sus estadísticas serán mayores a medida que la performance colectiva que ejerzan sus colegas sea de mayor calidad.
Corvalán es un caso aparte. Se le exige un nivel de juego
de excelencia en un puesto en el que no estamos acostumbrados desde hace años.
Y aquí es donde el contexto marca una clara diferencia. Este corajudo marcador
de punta izquierdo estaba acostumbrado a ser ídolo de un equipo que llevaba un
tiempo de trabajo razonable en una categoría definitivamente inferior a la que
se encuentra hoy en día. Es normal que la adaptación no sea inmediata, lleve un
tiempo razonable y sea un proceso paulatino en el transcurso del tiempo. Con
solo 23 años y un puñado de partidos en primera división, la continuidad será
un condicionante para ver lo mejor de un jugador que promete.
La desmesura que adoptamos, tanto en momentos adversos
como favorables, debería de intentar ser controlada. La tranquilidad, que no
debe ser confundida con pasividad, debe ser una premisa. Sino propiciamos a la
nerviosidad de los protagonistas. Como dijo Zubeldía: “No hay que volverse loco, porque
el que se enloquece, pierde”.
Manuel Fernández Lemos
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